jueves, 29 de noviembre de 2012

EL CAPITÁN VOLTARÉN




El Capitán Voltaren
Todo sucedió en una noche de un cálido verano. Hacía un calor insoportable, estaba tan cansado que necesitaba, a pesar del calor pegajoso que hacía esta noche, tenderme en la cama y disponer mi cuerpo en total descanso. Uno cuando apoya el cuerpo en la sábana siente un especial y amable toque casi de una sutil sensibilidad femenina y es cuando dispongo que mi estructura ósea se hunda en el colchón, pero de inmediato aparecen mis huesos como si estuvieran en el cuartel y el cabo de imaginaria de la compañía pasase revista a todos mis huesos:

—A ver, atención compañía! huesos del hombro, firmes!:
—Clavícula, presente! Omóplato, presente!
—Huesos del brazo, firmes!:
—Húmero, jodido y presente!
—Huesos del antebrazo, firmes!:
—Cúbito, dolorido y presente! Radio, abultado, rabiando y presente!
—Huesos de la mano, firmes!:
—Carpo, metacarpo y falanges, resentidos, quejosos y afligidos, los 27 presentes!
—Huesos de las caderas, firmes!:
—Uuuuy, uuuuuuuy, presentes!

La enumeración de la lista continuó durante algunos minutos más, hasta que se completó con la última falange del dedo de los pies y, estando todos mis huesos presentes, me propuse e intentar dormirme. La verdad que mis huesos me hacían un daño terrible, se salvaba la cabeza y el tronco, pero todo lo demás se resentía, había un núcleo duro dentro de mi cuerpo que gestionaba el dolor con insistencia de un ejecutivo, de esos que sus jefes les incrustan en su parte trasera baja una guindilla para que su actividad no cese en todo el día.

Hice lo que tantas noches tengo por costumbre poner la radio y buscar a alguien que me hable, sí en esa hora necesito de una amable conversación que me haga adentrarme en alguna historia que me evada de mi trabajo cotidiano. Pero son muchas las noches que me paso cambiando el dial buscando esa voz femenina amiga que me cuente algo y que, con el murmullo de su voz, vaya adentrándome en un sueño reparador. Es cierto que a medida que me voy haciendo mayor me cuesta más dormirme, la verdad es que duermo muy poco.

Esa noche era especialmente calurosa, en el termómetro de La Caixa —regalo del director de mi sucursal— marcaba 31º C., me saqué la chaqueta del pijama, no soporto la chaqueta, me aprisiona. Puse mi ventilador Meteor en marcha, dispuse el temporizador en 120 minutos y a una velocidad de 1200 revoluciones por minuto. ¡Cáspita, la brisa del Caribe! a los pies de mi cama. Era tanto el aire que sentía que pensé en volverme a poner la chaqueta del pijama, pero me dije no, no la soportarás! De repente se me ocurrió que tenía de hace diez años en la cómoda una camiseta nueva por estrenar de Calvin Klein de color gris, ya que desde hace años no uso camiseta. Me endosé la camiseta CK y francamente eso ya era otra cosa, me quedaba ceñida.., y de pronto imaginé cuando de joven iba al gimnasio y después de los ejercicios y de la ducha salíamos por la tarde a la calle exponiendo nuestros músculos en camiseta. Intenté dormirme mientras disfrutaba de la brisa de mi ventilador 'Meteor' se percibía suavemente, tenía los brazos libres y me sentí con el pecho protegido de esos aires traicioneros de los ventiladores... nocturnos.

Me dormí y, como casi todas las noches empecé a soñar y lo sorprendente de mis sueños es que cuando despierto me acuerdo perfectamente de todo. Esa noche, me convertí como siempre en el héroe de mis sueños, me pasé la noche corriendo y subiendo montañas por caminos pedregosos a toda velocidad, hasta yo en el mismo sueño me decía: ¡Luis, ten cuidado que te vas a meter una ostia!, que no podrán recoger ninguno de tus huesos... pero, extrañado de mi agilidad, subía con una destreza fuera de lo común y avanzando por el terreno con una inclinación del cuerpo que desobedecía todas las reglas de la gravedad. Mi cuerpo se inclinaba, al imprimir velocidad, pasaba rápidamente de los 90º a los 20º casi a ras del suelo... era como el efecto Venturi de los coches de 'fórmula uno' que por ese efecto, su agarre es más seguro y, permitiéndome subir a toda velocidad. Bien si mi hijo leyese mi sueño, me lo discutiría científicamente diciéndome:

—No, no es así! Eso se demuestra por el teorema de que sí la energía cinética aumenta, el valor de la presión disminuye. Tú te arrastras! No es tu caso!

Muchos de los que estaban contemplando mi osadía trepadora, se preguntaban, como era posible que ese hombre a su edad pudiera subir a toda velocidad una pendiente que de seguro ni un joven sería capaz de hacerlo y, menos, con la agilidad con la que este hombre del cabello blanco lo hacía.. Yo que mientras avanzaba hacia la cumbre de la montaña iba escuchando sus voces de extrañeza y admiración... una risa malévola se dibujaba en mi boca:


Cuando llegué a la cumbre y, ante los aplausos del numeroso público que en aquel momento se encontraba, saludé con la mano agitándola, como si fuera un monarca español. Después con un movimiento estudiado de cadera me lance al vacío e hice un planeo decreciente como si descendiera por el serpentín helicoidal de un complejo alambique de un alquimista y, después de ese frío recorrido transmuté mi alma para entrar como cualquier mortal en la bonita casa de mi amada.

Me introduje justo por la ventana de su altillo y me situé frente al sofá en que mi adorada estaba sentada leyendo el libro de Simone de Beauvoir, Le Deuxième Sexe. Fatigado, con la respiración agitada y completamente sudado pero triunfante me planté delante de ella y, haciéndole un guiño de complicidad, me desabotoné la camisa para mostrarle a mi amada quién era en realidad descubriéndole mi secreto: 


'El capitán Voltarén', el conquistador de la embajadora de la isla de Babus protector de la más linda de las mujeres en las noches de luna. Después de tomar juntos en su jardín unos Martini secos, sacudidos y no mezclados, sujeté con mis fuertes brazos a la mujer de mis sueños y de un salto nos adentramos en la negra noche más absoluta de un cielo acogedor y, en nuestro viaje al nirvana del amor, se podía ver la estela que por el reflejo de la Luna, dejaban las canas del Capitán Voltarén y los rubios cabellos de mi acompañante.
Lluís Busom i Femenia