jueves, 14 de octubre de 2010

| LA CAJITA DE JAZMÍN | RELATOS |




La educación olfativa comienza desde el primer momento en que venimos al mundo. Nada más abrimos los ojos comenzamos a percibir el entorno y lo vinculamos por los olores que nos envuelven. La razón es que los olores pasan directamente de la nariz al sistema límbico; la zona del cerebro donde se encuentran las emociones más primarias y que es un sistema formado por varias estructuras cerebrales que gestionan respuestas fisiológicas delante de los estímulos emocionales. 

De pequeños aprendemos a distinguir y a reconocer nuestra madre por su olor corporal y archivarlo en nuestra memoria y, desde aquel momento, permanece en nuestro inconsciente y ya nunca nos abandonará. Olores de la madre en el que se entremezclan sensaciones por la necesidad de alimentarse y, al mismo tiempo, sentir la protección amorosa. Esto significa que los olores se van fijando en la memoria del recién nacido por las percepciones asociadas a la experiencia vital.

Hay personas que tienen un olfato hipersensible y puede predecir si en pocas horas el tiempo cambiará. Otros, por desgracia, viven en un mundo sin olores, son los que sufren una anósmia. Esta discapacidad es una consecuencia de un defecto congénito que, el recién nacido viene al mundo sin que se haya desarrollado el nervio responsable del olfato. También existe la anósmia traumática que es consecuencia de un accidente, pero tanto la una como la otra son incurables.

Experiencias personales de olores agradables forman parte de la memoria como recuerdos dulces y amables, también olores repulsivos y desagradables que la memoria olfativa gestiona evocándolos para llevarnos a recuerdos casi olvidados. Muchos recordamos cuando éramos pequeños, el olor de una fruta arrancada furtivamente de un árbol del vecino. O los olores de la hierba mojada haciendo un paseo de hace un montón de años, nos queda en la memoria como una instantánea fotográfica, una secuencia que es un trozo de vida y que forma parte de nuestra memoria. Tengo una buena amiga que recuerda con terror el olor a keroseno o el de la gasolina, de inmediato el olor la hace revivir un momento trágico y difícil vivido cuando sufrió un accidente de aviación. Aquellos momentos terribles de no saber qué había de hacer teniendo su hijo de meses fuertemente cogido en sus brazos para darle toda la protección que era capaz. El olor del keroseno o la gasolina le recuerdan por el olor la secuencia fatídica de aquellos momentos de angustia.


Este es un relato basado en el recuerdo del olor de la flor de jazmín. Eran tiempos de la posguerra, de una posguerra que algunos, aún siendo niños, tuvimos que padecer. No tengo en la memoria ningún recuerdo tan profundo respecto al olor como este momento de mi infancia. Eran años de penurias y escasez, el hambre y el miedo se apropiaron de mi familia. Mis padres y los padres de mis dos primas lejanas dicidieron y creyeron conveniente que lo mejor para sus hijos era trasladarlos fuera de Barcelona. Nos llevaron a casa del abuelo de una de mis primas situada en la barriada de Horta.

En el tiempo en que estoy hablando las barriadas como la de Horta, La Font d'en Fargas, Santa Eulalia de Vilapiscina, eren consideradas más que barriadas como pueblos de los alrededores, incluso considerados de veraneo y aún escasamente integrados en Barcelona. Los escasos medios de comunicación los hacía apartados de la gran Barcelona. Recuerdo muy bien que, salvando tres o cuatro edificaciones emblemáticas que estaban en la carretera de Horta, todo lo demás eran bosques, campos de cultivo y pequeñas casas unifamiliares aisladas. En aquel tiempo era como ir de excursión en pleno campo, ahora todo es hormigón.


En casa de tío Solà -tal como yo le llamaba- vivimos casi un año, sin saber de las dificultades de nuestros padres ni el por qué habíamos de estar los tres niños juntos, pero las preguntas se terminaron rápidamente y nos dedicamos a jugar todo el día. Rosa tenía nueve años, yo tenía seis y Núria cinco años. En esta casa y durante el tiempo que convivimos, nació entre nosotros fuertes lazos de afecto y los primeros descubrimientos de la naturaleza humana, de atracción, de felicidad y de querencia.

Recuerdo esta casa por las cosas que tenía y que para mí eran desconocidas. La casa tenía una pérgola inmensa que proporcionaba en el verano un frescor extraordinario y un pequeño estanque con flores de loto y plantas acuáticas 'paraguas o papiros' con una cascada de agua que bajaba resbalando por las formas prominentes y reconducida por agujeros que le ayudaban a hacer pequeños saltos de agua haciendo bonitas formas hasta caer en el estanque, recordaba mucho el estilo de Gaudí. El murmullo del agua cayendo sobre el estanque forma parte de mis recuerdos amables de la infancia. Un gran pasillo dividía el jardín del huerto y de los árboles frutales y al final del jardín una glorieta hecha con trozos de cerámica imitando las construcciones gaudinianas.

La glorieta tenía una ventana de obra, un agujero de un metro de alto por más de dos metros de ancho, un óvalo inmenso todo envuelto de jazmín. Nosotros a las noches nos sentábamos dentro de la glorieta sobre un banco delante de una mesa hechas de obra charlando de cosas de chiquillos. El olor era intenso y por las noches aún parecía más penetrante. Sentados comiendo el postre.. una rebanada de pan cubierta de la nata de la leche azucarada y respirando el olor incomparable del jazmín. El jazmín me inspiró y a mi manera —con los medios de un niño de seis años— le declaré amor a mi preciosa prima Núria, diciéndole que la quería, al tiempo, que le regalaba una cajita de cartón, con un fondo de pétalos de jazmín, dos piedrecitas blancas y que las dos tenían una mancha negra que si se juntaban parecían que formaban un corazón. Nunca más he olido el jazmín que haya penetrado tanto en mi memoria como aquellos tiempos de niño. Recuerdo la debilidad de mis piernas como temblaban cuando le dije que la quería. Recuerdos que han perdurado acompañados por el olor de esta flor.
Los meses pasaban sin darnos cuenta hasta que un día, un mal día recibimos la terrible noticia de que hacía un tiempo habían fusilado al primo Vicens, tenía unos veinte años, un chico hecho prisionero, en el derrumbamiento y retirada de la Batalla del Ebro, encarcelado y condenado a muerte por haber sido un soldado de la Quinta del Biberón y haber combatido contra las tropas franquistas en favor de la República. Yo le recordaba mucho, porque mientras estaba en la cárcel me construyó un avión de guerra hecho con sus manos. Yo no paraba de jugar con él. Supe de la muerte de Vicens por la confidencia del secreto familiar por mi prima mayor, en este momento se me hundió el mundo, porque sin entender la magnitud de la noticia surgió el egoísmo de niño al pensar que, el otro avión que me construía, ya no lo recibiría. Después se me humedecieron los ojos por la pena que me invadía y mis lágrimas se juntaron con las de mi prima Núria. Durante esta estancia los lazos afectivos con las primas se estrecharon mucho y duraron muchos años, después la vida nos ha llevado a todos por caminos lejanos y perdidos.

Algunos podéis preguntaros sí este amor de pequeño fue correspondido. Pues sí y no, pero os daré una razonamiento que lo explica. Si, fue correspondido en secreto porque mi prima Núria una semana antes de casarse quiso verme para despedirse, ya que dentro de una semana marchaba hacia los Estados Unidos para vivir definitivamente. Cuando nos vimos me hizo un regalo de despedida devolviéndome aquella cajita con las dos piedrecitas que hacía casi veinte años yo le había regalado, diciéndome que siempre me había querido y que, cuando tenía 14 o 15 años ella —a su manera— me lo había dicho.., pero como yo ya quería a otra chica no quiso insistir más... Nos dimos un beso y, de común acuerdo, tiramos la cajita y nos quedamos cada uno, una piedrecita que, de tantos años que estaban encerradas con el lecho de pétalos de jazmín, aún hoy día hace olor... Un símbolo insignificante de un amor sincero pero frustrado...
Lluís Busom i Femenia